0. Chantelle.
Érase una vez un hombre que conoció la felicidad.
Nunca fue el hombre más inteligente, ni el más atractivo. Tampoco era más rico de lo que nunca fue su linaje. Nada más allá de lo normal para él.
Este hombre podría haber sido uno más, hasta que la encontró.
Nunca, desde la primera vez que la vio, olvidó aquellos ojos castaños, ni aquel largo cabello negro, ni aquella fina piel, ni aquellos suaves labios.
Nunca la olvidó.
Y nunca la dejó marchar.
Los humanos luchan por hallar la felicidad, pero ese hombre, la halló sin luchar por ella una mañana de octubre, mientras paseaba por los límites de su mayor propiedad. A penas había amanecido, pero él, hombre de costumbres, se levantó con el canto del gallo, y salió a recibir el día paseando.
Fue allí donde la encontró, observando como la noche daba paso al día, vestida con un simple vestido color lila, y su largo cabello suelto, agitado por la primera brisa del día.
No necesitaron palabras, sólo una mirada.
Desde esa mañana, hubo muchas más, durante meses, durante años, hasta que, un día, curiosamente, ella dio el primer paso.
Y ahí, empezó todo.
No tardaron mucho en prometerse. Tardaron mucho menos en casarse. Y el hombre comprendió que, desde el mismo día que la vio por primera vez, se había convertido en el primer ser humano en alcanzar la felicidad.
Por desgracia, nada es eterno.
Y el hombre que encontró la felicidad por casualidad, una mañana de octubre, la perdió de golpe, tal como le llegó.
La joven llevaba en los genes una enfermedad que la estaba matando, pero nunca le había dicho nada a su amado, pues sabía que eso le robaría toda la felicidad que había obtenido.
Así que, en su lecho de muerte, la joven se lo confesó, y lloró, suplicando su perdón. "No hay nada que perdonar, mi amor. Sólo quisiste proteger la felicidad que me diste", dijo.
Y, tras un momento que pareció eterno, tras el último "te amo" que salió de sus labios, la muchacha cerró los ojos, sumiéndose en un sueño del que jamás despertaría, y llevándose con ella la luz y la felicidad del lugar.
Fueron muchos los meses que transcurrieron sin que el hombre saliese de sus aposentos.
Pero, un día, salió. Y no lo hizo sólo.
A su lado, una joven de largos cabellos de color negro azabache lo miraba todo, con curiosidad, mientras su acompañante la guiaba por la casa. Criados y familiares les miraban, preguntándose cuándo y como había llegado aquella chica allí, y por qué tenía aquellos ojos de color rojo.
Nunca lo supieron. Tal vez, de haber ido al cementerio, habrían descubierto que faltaba un cuerpo. Tal vez, de haber mirado al suelo, habrían descubierto que el hombre no tenía sombra. Tal vez, de haberse preocupado por él, hubieran descubierto la verdad sobre lo que pasó en aquellos meses, en aquella habitación.
Pero sólo estuvieron ahí cuando la presentó ante todos como Chantelle.
1. "You're all for me. So, live the life that she never lived."
Los meses pasaron, también los años.
¿Cuánto hace que fui creada?
No lo recuerdo bien, pero sí recuerdo Rosings. Una gran mansión, perdida en un enorme campo, en alguna parte de Reino Unido, un lugar donde bailes, cenas y fiestas eran el pan de cada día.
El lugar donde..."nací".
No sé de dónde vengo. No sé quién soy. Sólo tengo el nombre que él me dio.
Sólo recuerdo la sensación de aprisionamiento. La pesadez de tener un cuerpo. La sensación de asfixia, la incapacidad de respirar.
Su voz, tratando de calmarme.
Y después, silencio. Una luz, cuando vencí al cuerpo humano que ahora me escondía, y logré abrir los ojos. Su mirada, dulce, protectora, cálida.
Llena de eso que llaman "amor".
Mi primer impulso fue querer desaparecer. Mi cuerpo humano me lo impidió. Sólo pude pegarme a la pared, con mi tembloroso y frío cuerpo arrastrándose sobre la cama, bajo un elegante vestido color lila.
"No tengas miedo, querida. Estás a salvo."
¿Miedo...? ¿Qué significa esa palabra? Aún hoy sigo sin saber qué es.
Lo siguiente que recuerdo es mi toma de contacto con la humanidad. Aprender a caminar, a tocar, a agarrar, a escribir, a dibujar, y a reconocer. También trató de enseñarme a hablar, pero es algo que, hoy por hoy, sigo siendo incapaz de hacer.
Después, aquella curiosa capacidad de mi cuerpo para el baile.
Fue semanas después de mi nacimiento. Cuando al fin salimos de la habitación. La gente me miraba de forma extraña. Nunca supe por qué.
Recuerdo que me detuvo en el centro del salón principal, y con orgullo en los ojos y las palabras, me presentó ante todos como Chantelle.
Vi caras sorprendidas, creo. Y escuché comentarios extrañados. La gente se acercó, y comenzó a hablarme. Yo, simplemente, les miraba. Ni podía hablar, ni hubiera sabido qué decirles.
Pronto, él vino en mi ayuda, alegando que mi silencio era consecuencia de una enfermedad que afectaba a la voz.
Nadie más volvió a hablarme. Tampoco se me volvieron a acercar nunca.
Recuerdo que, en nuestros paseos al pueblo, la gente me miraba de forma extraña. Como si estuvieran viendo algo que no debería estar donde estaba. Como si yo no debiera existir.
"Te tienen envidia, mi adorada Chantelle, porque eres distinta al resto."
Mentira. Una bonita mentira.
Meses después, de golpe, nos fuimos de Rosings. Solos él y yo. No pregunté por qué. No necesitaba saberlo.
Nos instalamos en una casa pequeña, lejos de nuestro antiguo hogar. Nadie nos miraba ya de forma extraña. Todo el mundo sonreía, y era educado y amable con nosotros.
Pasé allí los siguientes treinta años. La gente y el pueblo cambiaba. Nadie se extrañaba de que él envejeciera, y yo siguiera aparentando menos de veinte años. Simplemente, de "hija de", me empezaron a llamar "nieta de". No me importaba.
Pocos meses más tarde, la primera noche de invierno, mientras cenábamos, detuvo su lento golpeteo de cuchara en la sopa, y me miró. Tomó aire, llenando sus demacrados pulmones, y me dijo, con voz cansada, pero segura:
"Mi querida Chantelle, pronto deberás vivir sola, dado que yo he de irme. Por eso, quiero pedirte un favor, desde lo más profundo de mi corazón. Vive. Tú eres lo único que tengo ahora, y lo único mío que dejo al mundo. Vive la vida que desees vivir, aprende del resto de humanos, deja que te enseñen a descubrir tu corazón, déjales enseñarte a tener sentimientos. Eres todo para mi, mi amada Chantelle. Aunque sólo seas la ilusión de quien una vez habitó ese cuerpo. Por ella, por mi, y por ti, vive. Aprende a ser como las demás, sin dejar de ser tú misma.
Vive por ella la vida que ella nunca vivió."
Sólo pude asentir, con una curiosa sensación de desconcierto. No entendía por qué me decía eso.
Pero, cuando a la mañana siguiente, no abrió los ojos, por más que acaricié su demacrada mejilla, por más que traté de escuchar su viejo corazón, supe que aquel montón de palabras de la noche anterior habían sido su despedida.
No sabía qué hacer, así que le pedí ayuda a unos vecinos, y ellos se encargaron de los ritos funerarios.
En medio de la multitud, cubierta por un vestido y un velo negro, sentí algo, por primera vez desde mi creación.
Sentí que algo se había quedado vacío en mi.
Eso a lo que los humanos llaman "Soledad".
2. More than a flower (I).
No era muy común que una joven emprendiera un viaje sola, sin más compañía que la de una yegua negra, sendos macutos de equipaje, y todo su dinero, por varias razones.
La primera, que una joven sana, y de aspecto aristocrático, corría peligro de encontrarse con bandidos lo bastante depravados como para intentar hacerle daño. La segunda que, en esos tiempos, el dinero escaseaba.
Sin embargo, eso no me detuvo.
Ya nada me ataba a aquel tranquilo pueblo al que llegara junto a él, treinta años atrás. Sabía que, si volvía, lo haría mucho, mucho tiempo después. Y nada me aseguraba que las cosas permanecieran como eran tanto tiempo.
Así que, tras mi última visita a su lápida, y tan de repente como vine, me fui de allí, con aquel recién descubierto sentimiento de soledad como compañía.
No sabía a dónde dirigirme. Al principio, pensé en Rosings, pero algo en mi mente me dijo que mejor no volver en mucho tiempo. ¿Qué podría hacer? Opté por dirigirme a Londres, sacar un billete de tren para el primer lugar que pudiese, y abandonar Inglaterra.
Pero, para todo eso, primero tendría que llegar a Londres.
No llevaba ni dos días de viaje cuando, lo que mis antiguos vecinos me habían advertido, ocurrió.
Aquel atardecer, media docena de hombres me rodearon. Todos me miraban de forma extraña, como si...como si me fueran a cenar.
Todos...Menos un joven que permanecía tras ellos, mirándome de forma infinitamente menos "hambrienta" que sus compañeros. Me pregunté qué tenía de distinto su mirada, pero no tuve tiempo de buscar la respuesta. Uno de aquellos hombres, tres veces más alto que yo, y terriblemente fornido, me pegó a un árbol, poniendo su daga peligrosamente cerca de mi cuello. Se acercaron a mi yegua, pero ella huyó, llevándose todo mi equipaje con ella. Suerte que el dinero lo llevaba bajo el corsé. El hombre comenzó a gritar, exigiéndome el dinero. Como podía, trataba de darle a entender que no podía decirle donde estaba. Le vi alzar su daga, dispuesto a clavármela. La vi acercarse a mi piel, casi con lentitud, y deseé en ese momento volver a ser una sombra, intangible, inmutable, imposible de herir.
Lo siguiente que recuerdo son las exclamaciones de sorpresa de los bandidos, y cómo la mirada de aquel que era tan distinto a los otros se llenaba de interés y curiosidad. El hombre de la daga trató de clavármela de nuevo, pero el resultado fue el mismo: ver cómo su arma me atravesaba, sin dañarme.
El otro hombre, el tranquilo, se me acercó, alejando al hombre robusto de mí de un empujón, y tendiéndome la mano. Le miré a los ojos, como tratando de preguntarle si era de fiar. Él sólo sonrió, acercando más su mano a mi, que me pegué más al árbol.
-No pienso hacerte daño, Linda Flor.
Ladeé la cabeza. No sabía qué significaban aquellas palabras, pero tuvieron un curioso efecto sobre mi. Le tendí mi mano, y él me la agarró, pero sus dedos atravesaron mi piel como si fuera de humo. Rió levemente, negando.
- Así no voy a poder tocarte mucho, ¿eh?
Sonrió, y casi por reflejo, esbocé una sonrisa. Probando suerte, deseé poder tocarle. Al tercer intento, su mano aferró la mía.
-Me llamo Patrick, y soy el cabecilla de estos seis brutos. Son más buenos de lo que parecen. No vamos a hacerte daño, preciosa. Pero...Me gustaría que te quedaras unos días con nosotros, Linda Flor.
Fruncí levemente el ceño, y busqué a mi yegua, pero casi había olvidado su rauda huida junto con mi equipaje, así que no tenía cómo decirle nada a esas personas. Pero la naturaleza acudió en mi ayuda, y cuando vi un trozo lo bastante seco de barro, escribí en él con el dedo.
"No me llamo Linda Flor. Me llamo Chantelle."
El jefe rió suavemente.
-Es un bonito nombre, pero mientras estés con nosotros, pequeña, serás Linda Flor.


